Desenfrenados
Me pediste que dejara que taparas mis ojos por un rato y no conforme con eso me pediste que colocara mi cabeza entre mis piernas, para poder asegurarte de que ocultaba mi mirada. Lo hice sin chistar, siempre me gustaron tus juegos adivinanzas. Solo sentía los movimientos del automotor haciendo curvas, acelerando, frenando, deteniéndose, virando, circunvalando… pero llamó mi atención cuando luego de un sinuoso camino el auto empezaba a subir una empinanda colina. Debo confesarte ahora que eso me intimidó… y mucho.
Al llegar me hiciste salir del carro. Me hiciste caminar en lo que -sentía yo- era un camino empedrado y bastante rústico. De repente, me dejaste y diste la vuelta parándote tras de mi. Me quedé impávida porque no sabía que tramabas, pero el calor de tus manos tras mi cabeza liberando a mis ojos de la oscuridad hizo que enseguida me sienta reconfortada. Mis vendas cayeron junto a tus manos que se posaron en mis caderas. Estábamos en El Paraíso y una hermosa vista nos embelesaba. Me prometiste ese ocaso que no podía ver, me prometiste amaneceres aferrado a mi cuerpo, me prometiste, me prometiste…
Nunca antes yo había estado en un mirador. Nunca. Me alegra saber que contigo ocurrió otra primera vez.
Era un mirador rústico, había maleza cerca,en la parte alta del cerro había una cruz asentada en una pequeña loma. Muda testigo de nuestras promesas eternas. Vigilante de todas nuestras blasfemias. Observadora imperceptible de todo lo que pasaría. Protectora de nuestro amor recitado entre besos.
La edad no justifica lo que dentro del carro hicimos. Tampoco las ganas. Ni siquiera querer tener de espectador al ocaso. Menos aún querer cometer nuestra primera falta.
Mi espalda encorvada sobre el volante, tus manos diligentes sobre mi cuerpo, nosotros probando todas las velocidades de nuestros propios cuerpos. Mi ropa fugitiva yacía en el suelo, tu boca insaciable buscaba más de mi, nuestros besos no se hacían esperar. Mis rodillas jamás aguantaron tanto equilibrio, tu asiento ya no daba más atrás, nuestro deseo externo hizo a nuestras almas, elevar.
Había más espacio, es cierto. ¿Pero quién ordena la secuencia infinita de los momentos? Era ahí y en ese momento. Y nunca supe como encontraste ese lugar, no sé si fue la primera, segunda, tercera o enésima vez que lo visitabas. Pero era mi momento. Tú eras mi dueño.
El sol se ocultaba, los sonidos de la ciudad se apagaban dándole paso a los sonidos de la montaña. En el asientro trasero de tu auto, luego, se construían telarañas de amor con hilos de pasión. Fue un largo rato, tendidos, descansados, disfrutando la tenue luz que nos prodigaba la luna. Tú, yo… la gente lejos de nosotros, sin notar nuestra presencia.
El viento podría haberse llevado ya todos estos recuerdos, junto a los que si he querido borrar. Pero mi mente no se los deja quitar, porque son las cosas que me hacen sonreír pícaramente mientras la gente no me percibe. Porque son las cosas que me hacen recordar lo excitante del desenfreno, de la euforia, de las sensaciones… de ti.





Que bien!!! Has tenido espalda flexible.
este… mejor no contesto a tu comentario, Miguelones.
y que esperabas… con eso de que sobre el volnate… nunca he intentado eso!, ya voy a ver que tal es
Miss Sinner, es eso una invitación ? ? ?
Miguelones: ¬¬
no me hagas hablar, no me hagas hablar.
PUES KREO K EL ROKABILLI ES UN GENERO DE LOS MEJORES
!!Magnifico articulo que despliege de sensibilidad asi tiene que ser la entrega!!!